lunes, 3 de julio de 2006

Outside

Hoy hubiera dado un brazo, o el bazo, por haber ido a un concierto de esos pequeñitos, intimistas, que se dan en pequeños locales y donde tocan grupos pequeñitos, que no necesitan de mucha infraestructura. Haberme sentado entre sus sillas, con una cerveza en la mano, y haberme dejado llevar por la sugerente voz de una solista, escuchar música no conocida por mí, pero que hubiera tenido la capacidad de arrastarme a nuevos mundos, a nuevas percepciones. Había un grupo que se llamaba así, Outside, y del que sólo tuve la oportunidad de escuchar una de sus canciones, y hoy me ha perseguido durante todo el día su presencia, su espíritu. Que maravilla esa de la música, cuando llega a trapasarnos con más de lo que cabe en un pentagrama. Intentando aplacar ese recuerdo, escuché el aria de Casta diva, de la ópera Norma, y sirvió para atenazar nostalgias. A propósito, lo escuché en el cd de la banda sonora de una película extraña y envolvente, uno de esos raros ejercicios de acrobacia que se llevan al celuloide de manera sublime. Me refiero a una de las mejores películas que he visto en los últimos años, 2046.
Y sí, padre, he vuelto a pecar. Tres veces. Con reiteración, lo sé. Me acerqué hoy hasta la librería Canaima y me compré tres libros. Lanzarote, de Michel Houllebecq, tengo ganas desde hace tiempo de hincarle el diente a este libro y ver como analiza determinados aspectos que me caen muy cercanos. Tiene pinta de libro menor, no sé por qué, pero normalmente suelen gustarme bastante estas maneras de narrar. El segundo fue una maravilla desconocida para mí, de hecho creo que lo acaban de publicar. Se trata de la correspondencia entre dos grandes escritores de lo que se dió en llamar Generación Beat, William S. Burroughs y Allen Ginsberg. El libro en cuestión se llama Las cartas de la ayahuasca, y promete. Cada vez me gustan mas los libros epistolares. Creo que, aparte del aprendizaje intrínseco de cada uno de ellos, descubrimos aspectos estrictamente narrativos que a mi me parecen muy motivadores. Aprendemos a ver cómo se escribe. Y el último de la trilogía de hoy, El bello verano, de Cesare Pavese. No conozco casi nada de este autor italiano, y hay algo en él que me parece subyugante. Había intentado buscar este libro desde hace tiempo, pues, además, coincide con el título de una canción de uno de mis grupos fetiche, Family, y hasta ahora no lo había visto, con lo cual hoy ha sido una agradable sorpresa verlo en las estanterías.
Me siento como un pirata que llega con el botín a casa. Será cuestión de irlo racionando poco a poco, aunque el cuerpo me pide leerlo todo de golpe.

2 Comments:

Blogger desconvencida said...

Family fue un grupo genial, casi hasta me alegro de que sólo hicieran un único disco (aunque parezca contradictorio) porque es tan "redondo" que no me imagino una continuación...

Yo también soy de esas personas que me resulta imposible entrar en una librería y no salir con uno o varios libros bajo el brazo, no lo puedo evitar.

03 julio, 2006 22:11  
Anonymous Anónimo said...

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04 julio, 2006 10:37  

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